La votación de la reforma laboral del Gobierno no ha sido precisamente de cine. Como ha defendido Diego San José, guionista de Vota Juan, la ficción, a diferencia de la política, tiene un compromiso inexcusable con la verosimilitud. Lo que sucedió en el Congreso de los Diputados fue un disparate que nadie en su sano juicio se tragaría si se tratara de una película o de una serie de televisión. Ése es uno de los grandes privilegios de la realidad. No necesita ser creíble. Le basta con suceder.

Así las cosas, no debería sorprendernos que el 3 de febrero todos mintieran, aunque sí contamos con muy buenas razones para lamentarlo.

Mintieron, por supuesto, los diputados de UPN que “aseguraban” la endeble mayoría parlamentaria con la que contaba el Gobierno. Mantuvieron hasta el último momento que iban a apoyar la reforma laboral, pero en su fuero interno estaban planeando cómo echarla abajo con tretas deshonestas. Finalmente, votaron NO. Ellos aseguran que votaron en conciencia, pero eso no combina muy bien con el hecho de que ocultaran sus auténticas intenciones.

También mintieron el PNV y ERC, pero ellos lo hicieron con su voto. Los primeros aseguran que votaron en contra porque no se incorporó al acuerdo la prevalencia de los convenios autonómicos. Los segundos lamentaron que el pacto con los agentes sociales se fraguase de espaldas al Congreso y que conservase “los peores tics de la normativa del PP”. No obstante, a juzgar por cómo reaccionaron Aitor Esteban y Gabriel Rufián cuando se percataron de que el NO podía ganar la votación, cabe sospechar que votaron en contra de una reforma que querían que saliera adelante.

La sección morada del Gobierno, por su parte, se mintió a sí misma al decirse que los socios de la investidura aceptarían lo que se les pusiera por delante sin rechistar. Yolanda Díaz se engañó al creer que los líderes nacionalistas estarían dispuestos a actuar como meros notarios mientras ella se colgaba la medalla de haber pactado, por primera vez, una reforma laboral con la patronal y los sindicatos.

Por supuesto, también se engañaron los socialistas al confiar en que la “geometría variable” les aseguraba la aprobación de la reforma.

No obstante, la formación que más mentiras consecutivas encadenó fue el Partido Popular. Cuando se conoció que Alberto Casero había votado a favor de la reforma, sostuvo que se había producido un error informático, a pesar de que ningún hecho sustentaba la afirmación. Mintió también cuando dijo que su diputado se encontraba indispuesto y cuando sostuvo que, tras un frenético viaje en coche, no se le había permitido entrar en el hemiciclo.

Ahora bien, la mayor mentira del Partido Popular en este trance es su solicitud para que se repita la votación. El PP no desea que se vuelva a votar porque, si se repitiera el proceso, el PNV y ERC alcanzarían un acuerdo con el Gobierno. A la hora de la verdad, las formaciones no estarían dispuestas a hacerse responsables del fracaso de la reforma laboral, porque, aunque tímido, supone un avance demasiado obvio como para oponerse a él.

El problema de esta colección de mentiras es que contribuye a desprestigiar la política, presentándola como un juego de tahúres y trileros dispuestos a lo que sea para arañar unos cuantos votos. Al devaluar la verdad se devalúa también la democracia y se allana el camino a los apóstoles de la antipolítica. Lo comprobamos hace muy poco tiempo en Lorca. Una horda de empresarios ganaderos irrumpió en el pleno con el objetivo de detener una votación. Más tarde, algunos de ellos declararon que habían acudido engañados por los políticos. La metáfora se compone sola. Cuando la mentira abre la puerta, las turbas antidemocráticas toman las instituciones.
Sucedió en Washington. Sucedió en Lorca. Y puede suceder también en el Congreso de los Diputados.

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