Por: Nuria Fernández y Ana Otero

“Estamos ante una hipocresía social que atenta contra la verdad moral”

El cambio climático, la guerra de Ucrania o la crisis económica que se nos anuncia son algunos de los temas que nos rodean y nos asfixian -con el verano convertido en una ola de calor-. En el contexto de la sobreinformación plantemos hasta dónde llega la conciencia individual y su capacidad de respuesta y sobre qué papel desempeña el poder (político, económico…) en la búsqueda de soluciones reales.

Hablamos con Abel Ros, profesor de Filosofía, sociólogo y politólogo, para que desde su punto de vista nos ayude a entender el cambio en la mentalidad de la sociedad.  

P: ¿Vivimos en una sociedad concienciada con los problemas actuales?

R: Vivimos un momento histórico marcado por un overbooking informativo. Existe un exceso de información que cambia constantemente e impide profundizar en los temas actuales. Nos situamos, como diría Nietzsche, ante ‘el crepúsculo de los ídolos’. Hay una crisis enorme del argumento de autoridad que sacude a la sociedad del conocimiento. Esta ‘cultura de lo fugaz’ obstaculiza la construcción de una “sociedad concienciada”. La actualidad agoniza en el instante. Los titulares son de corto recorrido y existe una pérdida significativa de lectores de prensa impresa, de ‘lectores de lo profundo’. Para que exista una sociedad concienciada se necesita que se abandone la fugacidad y se intensifique en la profundidad. Solo así se adquiere conciencia de los problemas actuales, más allá de los titulares. Se necesita un periodismo más intenso, crítico y pedagógico.

P: ¿Somos ahora más o menos críticos con los Gobiernos y las instituciones?

R: A través de las redes sociales, una parte de la población aporta su granito de indignación contra aquello que considera mejorable en su entorno más cercano. Existe, aunque de una forma muy tímida, un uso de la denuncia social a través del periodismo ciudadano. Aun así, faltan más espacios formales para que se produzca una comunicación ascendente del ciudadano hacia las instituciones. Una comunicación que institucionalice la queja, devuelva la afección por la política y obligue a los políticos a rendir cuentas periódicas a la sociedad.

P: ¿Hacia dónde evoluciona la sociedad: hacia el pensamiento crítico o la pereza?

R: Para que la sociedad camine hacia el espíritu crítico se debe poner en valor la filosofía. Desde la escuela se debe fomentar el debate, el contraste de ideas y el respeto a las opiniones de los otros. Es importante que se inculque el respeto y la tolerancia como medidas protectoras de la dignidad. Se debe hacer hincapié en la importancia de la filosofía como asignatura que fomenta la duda ante lo establecido. También se debe fomentar la lectura de periódicos antagónicos. Una lectura necesaria para tolerar las diferencias ideológicas y no caer en el etnocentrismo. Si no lo hacemos. Si no se fomenta el debate, la pluralidad lectora y el ensayo caminaremos hacia una ‘sociedad perezosa’. Una sociedad vulnerable, fácil de manejar y engañar.

P: ¿Nos preocupa la verdad o nuestra verdad?

R: Aristóteles hablaba de tres tipos de verdad (ontológica, lógica y moral); los sofistas no creían en las verdades absolutas; Sócrates y Platón, por su parte, defendían la existencia de algunas verdades absolutas: Bien, Justicia, Belleza. Popper habló de la provisionalidad de los enunciados científicos; y Ortega y Gasset defendió la verdad como una suma de perspectivas.  Hoy, asistimos a una crisis de la verdad en términos absolutos. El exceso de información trae consigo corrientes de opinión contrapuestas. Internet ha tambaleado las fuentes tradicionales de autoridad. El profesor ha perdido buena parte de la legitimidad de antaño y el periodista ya no se valora como antes. Estamos ante un resurgimiento del escepticismo. La postverdad y las fake news han hecho mucho daño a la verdad.

P: ¿Estamos viviendo en un mundo donde la palabra apenas tiene valor?

R: La palabra ha perdido valor en las últimas décadas. Existe una característica que marca nuestra generación y la de nuestros abuelos: la palabra dada. Antes, muchos contratos de compraventa se formalizaban con un apretón de manos. E incluso los contratos laborales también se hacían orales. Las personas se medían por el cumplimiento de sus palabras. Cuando alguien no cumplía con lo dicho, perdía valor y se convertía en alguien “sin palabra”. Ahora, por momentos, el sistema interpreta el incumplimiento de la palabra como una habilidad competitiva.

P: ¿En qué medida están influyendo las redes sociales?

R: Las redes han roto la barrera del ‘cara a cara’. El escudo de la pantalla hace que el emisor se sienta protegido. Ese escudo permite relajar las formas, decir lo que se piensa y dialogar con cientos de personas al mismo tiempo. Es preciso gestionarlo para garantizar la dignidad de sus interlocutores. Hace falta que se construya el contrato digital. Tenemos a Rousseau, Hobbes y otros artífices del contrato social. Sin embargo, falta más Estado de Derecho en las redes. Es urgente que se legalice y se articule un ordenamiento jurídico digital, más estricto, y supranacional. Las redes sociales pueden ser un potencial muy fuerte para el descubrimiento de talentos emergentes, enriquecimiento cultural y desarrollo del espíritu crítico. Hace falta que, como cualquier invento, su uso sea responsable y moral.

P: ¿Y los medios de comunicación?

R: Los medios de comunicación deben apostar por la calidad en sus escritos. Por la profundidad de sus noticias y, lo más importante, por garantizar los mínimos de verdad. Hoy, el periodismo no debe ser una competición por la inmediatez sino por la profundidad. Es urgente que el grado en periodismo se complemente con una especialización en economía, sociología, política o arte, entre otras.

P: ¿Qué peso cree que está teniendo la mentira en el pensamiento de los individuos?

R: La mentira está instaurada en la sociedad. El ser humano miente y justifica su mentira desde la ética individual. La gente miente en sus CV y miente en los círculos de opinión. La espiral del silencio y la necesidad de pertenencia al grupo hacen que las personas no sean honestas consigo mismas. Hace falta que la verdad gane la batalla a la mentira. Para ello se necesita una pedagogía de la verdad que enseñe el valor de la honestidad y sus efectos. No olvidemos que cualquier verdad es válida para conseguir la autenticidad y fortalecer las redes de amistad.

P: ¿Estamos dispuestos a mentir tan solo para tener razón?

R: La mayoría de la gente miente por miedo al qué dirán. Por temor a ser despedidos, infravalorados o expulsados de su grupo social. La defensa de la razón implica la utilización de argumentos. En cualquier conversación, la gente corrobora o refuta los argumentos del adversario con una simple consulta al móvil. En una sociedad tan competitiva como la nuestra, la gente ha convertido los debates en un ‘ring de boxeo’. La discusión es un juego de suma cero. Y en esos momentos es cuando entra en juego el orgullo del ganador que invita a la mentira y atenta con las reglas del juego. Esto solo se corrige mediante la tolerancia al fracaso.

P: ¿Por qué es más importante tener razón que buscar soluciones?

R: La razón es la causante de que nuestra especie haya evolucionado tanto con respecto al resto de los animales. Pero, en la actualidad, no tener razón, nos sitúa en una situación de desprotección contra el adversario. Una situación perdedora dentro de un sistema que busca la ganancia a toda costa. Por ello, hay quienes son muy rígidos ante la posibilidad de perder su razón en beneficio de soluciones. Es importante que se tome conciencia de que la razón nunca debe ser un fin en sí misma sino un medio para llegar a acuerdos, consensos y soluciones.

P: ¿Está la sociedad necesitada de filosofía?

R: La sociedad, hoy más que nunca, necesita la filosofía. En tiempos de prisas, inmediatez, fugacidad de titulares, falta de tiempo y ruido, mucho ruido en nuestras vidas, se necesita la filosofía. Hace falta que se articule una reflexión transversal que sea capaz de explicar lo que la abstracción esconde. Hace falta que la sociedad pregunte el ‘por qué’ de las cosas. Se necesita un espíritu crítico capaz de romper las cadenas de alienación y las espirales del silencio. Es urgente, en tiempos de cantidades ingestas de información, que el ciudadano establezca prioridades, seleccione y contraste sus fuentes de información. Solo así podemos vehicular una sociedad del conocimiento plural e independiente.

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