La nostalgia, que, hasta hace nada, era poco más que una estrategia comercial para vender ropa vintage y series de televisión en Netflix, se ha convertido recientemente en un tema de apasionado debate político. Frente a los autores que cantan las bondades de la vida tradicional y de un decrecimiento cuqui que consiste en regresar al pueblo de la infancia, pero con mejor tarifa de datos, se yerguen críticos furibundos que advierten de los riesgos que entraña idealizar el pasado. 

Kiko Llaneras abordó la cuestión hace una semana en su newsletter de El País. Vivimos en un país mucho más seguro que hace décadas, nuestros jóvenes consumen menos drogas y el terrorismo hace tiempo (una década ya) que pasó de ser noticia de portada a convertirse en un recuerdo funesto. Atendiendo a las cifras, no cabe la más mínima duda de que hemos dado pasos importantes en la dirección correcta.

¿Por qué, entonces, nos empeñamos en ensalzar un pasado utópico que sólo existe en las novelas? Quizá tenga algo que ver con nuestra manifiesta incapacidad para proyectarnos en el futuro. Las sucesivas crisis económicas, medioambientales y políticas nos han robado nuestras aspiraciones. La frustración vital, así como nuestras precarias condiciones materiales, nos impiden seguir avanzando.

El club de la lucha sintetizó este drama en un monólogo brillante: “Somos los hijos malditos de la Historia, desarraigados y sin objetivos. No hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock, pero no lo seremos y poco a poco nos hemos dado cuenta. Y estamos muy muy cabreados”.

Para vacunarnos contra la nostalgia y sacudirnos de encima el odio, Borja Sémper y Eduardo Madina han presentado un libro sobre el fin de ETA. El contenido de la obra es muy interesante, pero lo más valioso es su formato. El libro es una conversación fluida entre dos amigos que han cultivado una relación transmedia. Borja y Edu hablan sin cesar en sus textos, en su podcast (3 amigos) y en su documental (Impuros). Se nota y se agradece que ambos son, antes que nada, militantes del diálogo. Ahí está la clave para, en primer lugar, superar el pasado (particularmente duro en su caso), y, a continuación, conquistar de nuevo el mañana.

Reivindicar el diálogo (algo que ya hizo Platón hace 2.500 años, mucho mejor que cualquiera de nosotros) siempre tiene algo de naif, pero también de urgente y necesario. Si no, que se lo pregunten al gobierno de coalición, que durante la última semana se ha debatido entre sentarse a hablar sobre la derogación de los aspectos más lesivos de la reforma laboral o continuar profundizando en su deriva autodestructiva.

El diálogo tiende puentes hacia un futuro en común que los enfrentamientos cainitas vuelan por los aires.

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