A medida que la España vaciada se llena de votos, el PSOE comienza a experimentar flashbacks de 2011. Algunos de los sucesos que entonces tumbaron el gobierno de Zapatero se repiten ahora, pero protagonizados por diferentes actores. Se está abriendo una ventana de oportunidad tanto para las pequeñas formaciones desideologizadas “de provincias” como para la derecha.

En el año 2011, asistimos a la concurrencia de tres crisis que condicionaron el discurrir político de los acontecimientos hasta el mismo día de hoy. La primera crisis era económica; la segunda, institucional; y la tercera, territorial.  

La crisis económica comenzó en el año 2008 y se prolongó hasta 2018, borrando del mapa los consensos sociales y las expectativas generacionales que se habían fraguado durante la Transición. La generación millenial se dio de bruces con la dura realidad de que sus licenciaturas, masters y estancias en el extranjero no le permitían, ni tan siquiera, acceder a los salarios mileuristas que habían sido vilipendiados en los medios de comunicación a comienzos de siglo. El ascensor social se detuvo de golpe. 

La crisis económica aceleró la pérdida de confianza en los representantes públicos, lo que provocó una gran crisis institucional. El 15 de mayo, la gente salió a las calles en masa para expresar que los viejos partidos se habían independizado de la sociedad. El Partido Popular carecía de crédito político por culpa de la corrupción y el Partido Socialista había decepcionado las expectativas de sus votantes de izquierdas. 

En este contexto, emergieron nuevas formaciones que vehicularon institucionalmente el malestar ciudadano. Podemos se incorporó a la vida política en 2014, logrando cinco diputados en las elecciones europeas. Ese mismo año, Ciudadanos dio el salto a la política estatal. Ambos partidos desarrollaron un discurso impugnatorio que no sólo se oponía a la “vieja política”, sino que además negaba la pertinencia del eje ideológico izquierda-derecha. Podemos hablaba de los de “abajo contra los de arriba” y Ciudadanos de españoles que no eran “ni rojos ni azules”.

Por último, la crisis territorial (permanente en nuestro país) se intensificó en 2010 con la sentencia del Tribunal Constitucional que recortó del Estatuto de Cataluña artículos que siguen vigentes en otras comunidades autónomas. El “problema catalán” se convirtió en una cuestión de Estado que, durante años, marcó la agenda política de nuestro país.

Ahora, dos de las tres crisis arrecian de nuevo. Se está produciendo una crisis de representación institucional que es, al mismo tiempo, una crisis territorial. La España vaciada siente que los partidos políticos estatales no la representan. La crisis afecta, por supuesto, a los partidos tradicionales, pero también a las nuevas formaciones, que, con el paso de los años, se han convertido en parte del statu quo. 

Ante esta situación, se comienza a articular una respuesta política que comparte algunas de las características que identificaban a Podemos y Ciudadanos en sus orígenes. La “plataforma de la España vaciada” también desborda el eje izquierda-derecha, acogiendo a perfiles ideológicos muy diferentes, que comparten su oposición a la centralidad política de Madrid sobre el resto de territorios. Además, como sucedió con los partidos de Iglesias y Rivera, la plataforma podría llegar a ser clave para la futura investidura del gobierno de España. 

Hay, no obstante, una diferencia sustantiva con respecto a 2011: la crisis provocada por el Covid no se está atajando con políticas de austeridad, sino expansivas. Ahí está la clave para que el Partido Socialista pueda contener la ofensiva periférica. Eso sí, tendría que recordar primero que existe vida más allá de la M-30. Si no lo hace, puede llevarse un susto electoral importante. 

La Historia se repite cada vez más rápido, lo que permite a los partidos políticos anticipar el futuro prediciendo el pasado. Es una auténtica lástima para ellos que tengan tan mala memoria. 

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