Meta -el artista antes conocido como Facebook- amenaza con dejar a Europa sin sus dos redes sociales, la misma Facebook e Instagram. El titular de hace un par de semanas todavía remueve conciencias. Su impacto fue tan indeseado que la propia tecnológica matizó las declaraciones recogidas en su web y explicó que se refería a que los usuarios europeos no podrían disfrutar de toda la experiencia relacional debito a la elevada regulación que rige la protección de datos en la Unión Europea respecto a Estados Unidos de América.

La protección de datos es el mascarón de proa de un debate que, en el fondo, es de naturaleza regulatoria. Por un lado, EE.UU. tiende a la no regulación. Europa, por el contrario, regula mucho. Y si no lo hace la Comisión lo hacen los tribunales. De hecho, el desencuentro con Facebook se basa en una sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea que en 2020 tumbó un pacto entre la UE y Estados Unidos que permitía a numerosas empresas transferir datos de la primera al segundo. Los políticos habían pactado el intercambio de datos. Los jueces dijeron no.

El mantra neoliberal siempre gira en torno a la desregularización. Somos mayores y no necesitamos la figura paternal del Estado para decirnos qué podemos y qué no podemos hacer. No somos idiotas, no vamos a ir contra nuestros propios intereses. Y bla, bla, bla. Me recuerda a un colega que trabajaba como asesor de empresas pesqueras que cada vez que hablábamos sobre los cupos establecidos por la UE me razonaba: los primeros en no pescar más de la cuenta son los propios armadores, se les acabaría el negocio”. Amén.

Lo que mi amigo obviaba es que buena parte del pago a una tripulación se basa en una sabrosa variable que se asigna por volumen de capturas. Sencillo: más pescas, más cobras. Suena a esa chusca interpretación de los negacionistas climáticos: el clima siempre ha sido así, y si no lo es -y todo se va por la borda- que apechuguen los que vengan, y si no (la que más me gusta) ante el juicio climático final: y qué, total hiciéramos lo que hiciéramos la cosa iba a acabar igual.

Interpreto la regularización como una garantía de equilibrio para el bien común. Por cierto, igual que los impuestos. Desde mi perspectiva, no hay impuestos altos o bajos, hay impuestos bien o mal invertidos. Del mismo modo, la regulación no lastra con burocracia la acción empresarial, previene el más reptiliano de nuestros instintos: el acaparamiento.

Acabo de leer Dignos de ser humanos de Rutger Bregman. Otro título que añadir al debate sobre si somos buenos o malos por naturaleza. Bregman se muestra radicalmente a favor de la bondad innata. Su lectura es sumamente refrescante para la mente, y más aún: para el alma. Quiero creerlo, pero da igual que lo quiera o no. La historia reciente de nuestro capitalismo hegemónico se escribe sobre la concatenación de burbujas que explotan por el afán desmedido por acumular de unos pocos. Da igual cuál se el objeto de colección: dinero, inmuebles, criptomonedas, gas, cereales… Quien tiene el monopolio tiene el control.

Y aquí volvemos al universo virtual de Zuckerberg que es más analógico que nunca. Las redes sociales necesitan de usuarios -y sus datos- para maximizar sus ingresos de publicidad personalizada. La posición de Zuckerberg es compleja: directivos que denuncian algoritmos de confrontación, usuarios que abandonan Facebook por viejuno, otros que se pasan de Instagram a Tik-Tok, el consejo de administración que amenaza con quitarlo de CEO (como hizo Apple con Steve Jobs) …

Y voila, se saca Meta de la chistera. Y apenas le sirve de nada porque los resultados le siguen saliendo negativos. Y entonces recuerda que en Europa pueden mejorar esos resultados si consigue que los europeos dejen de ser tan meapilas con la protección de datos. Y bueno, escribes un comunicado que se te va un poco de las manos poque se interpreta como una amenaza de cierre de tus redes sociales en Europa. Y alguien dice: bueno ¿y qué? Y te maldices porque te han descubierto una vez más el farol y sientes que hueles a desesperación. Y… Vaya, siento que mi cuerpo ha sido poseído por el cuerpo de un ya no tan joven milmillonario acuciado por las dudas mientras Europa (al menos sus jueces) regula. Así mirado, Europa parece ese joven al que no le toca beber porque esa noche conduce mientras el resto del mundo se emborracha hasta enloquecer. Y esa imagen me da cierta paz. No mucha. Pero puede ser un comienzo (tímido) para creer en la bondad del ser humano.

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