Lo llamamos esperanza

Nuestra sociedad está enferma, pero más de mentira que de COVID. La sucesión de bulos es tan trepidante que la perspectiva del tiempo se deforma. Parece que el asalto al Capitolio se registró en un pasado lejano. Fue el 6 de enero. En la cuna de la democracia occidental. Huestes de descontentos con el resultado electoral abrazaron la teoría conspirativa de Donald Trump y sus elecciones robadas e hicieran temblar los cimientos del mundo libre con un movimiento que a punto estuvo de ser una toma de la Bastilla contemporánea. Creo que no somos conscientes, aún hoy, de lo cerca que estuvimos del desastre.

EE.UU. es una caja de Pandora que amenaza con romperse desde dentro. Los rusos y los chinos pueden ayudar, pero la amenaza es interna. El racismo nunca resuelto, la presión migratoria, la desaparición de la clase media, la creciente bolsa de pobreza, la tensión entre los espacios urbanos y la américa rural, la economía posmoderna que ha destruido los empleos tradicionales. Los bárbaros acechan. No están a las puertas, están en la cocina afilando cuchillos.

Ojo. Lo que pasa en EE.UU. siempre reverbera en la vieja Europa. Más tamizado, menos estridente, igual de peligroso. Vivimos de réditos. La respuesta a la pandemia sanitaria lo demuestra. Las vacunas que funcionan son las occidentales. Benditos laboratorios con sus benditos beneficios que mantienen alta la bandera de la investigación privada.

Buenos investigando, malos distribuyendo. Nos pertrechamos en casa intentando comer la oreja a los antivacunas y al resto del mundo lo sombreamos. El virus se ríe complacido. Tan listos somos como tontos resultamos. La enfermedad persiste, como nuestra falta de visión para abordar un problema global con igual amplitud de miras.

La falta de regularización colapsa al capitalismo en todo el mundo occidental. Evoluciona bien en China, a la que pocos recordamos como República Popular. El futuro es asiático y mientras ellos avanzan, nosotros, la reminiscencia de las revoluciones burguesas, nos aprestamos para la guerra civil definitiva en un planeta ahíto de mentiras.

Cómo será de feo el escenario, que Zuckeberg en un nuevo doble mortal inverso, evita el desahucio de su empresa abrazando el metaverso: un mundo virtual para olvidar nuestras limitaciones físicas. Mientras Musk o Bezzos buscan salidas marcianas, Mark nos ofrece la posibilidad de enchufarnos a una perfecta realidad virtual para asistir al espectáculo del fin del mundo o, al menos, del paradigma del hombre blanco occidental.

Las plataformas tecnológicas definen la nueva economía. Y más allá de los condicionantes por todos conocidos (IPC, precio de la energía, colapso logístico) la cosa no pinta a bien a largo. Pienso en ese 2030 de agendas bien intencionadas. Pienso en la paradoja de una sociedad que quiere mejorar a través de la digitalización que nos invita soezmente al engaño y que sirve de reserva natural para negacionistas de todo tipo, empezando por los del cambio climático.

El relato podría seguir abriendo heridas, pero para ser sincero, creo en el futuro. Pienso en Petronio, en un siglo I dominado por un cinismo similar al actual acuñando su célebre: “el pueblo quiere ser engañado, pues engañémoslo” y me digo si hemos sobrevivido más de 2000 años cometiendo los mismos errores que acompañan a la condición humana qué no podremos hacer en los próximos cien. De hecho, he dicho “sobrevivido”. No. Hemos mejorado notablemente. Tal vez no en nuestras pulsiones individuales ¿pero colectivamente? Colectivamente hemos alcanzado hitos difícilmente creíbles.

Concluyo. El futuro será mejor porque el progreso acompaña a la esencia misma del ser humano. Nos deprimimos por la obviedad de nuestros defectos. Son tantos que forman un enmarañado árbol de sinsentidos. Y por cada dictador hemos alumbrado libertad. Por cada asesino hemos dado vida. Por cada censor hemos creado el arte más sublime. Por cada golpe hemos restañado heridas. Esa inescrutable condición humana se define más por la grandeza de esa superación que por las pequeñeces de esas mentiras que nos acompañan desde siempre y que nunca han sido capaces realmente de frenar nuestro devenir como especie. Lo inescrutable tiene nombre. Unos pocos lo tildan de inocencia. Otros, los más, lo llamamos esperanza.