La ciencia del comportamiento (behavioural science) afronta una crisis de reputación en el Reino Unido. El 13 de enero, Simon Ruda publicó un artículo en el que alertaba de los riesgos que entraña aplicar los hallazgos de la disciplina en el ámbito de la acción política. Ruda es uno de los cofundadores de la unidad de ciencia del comportamiento del gobierno británico -la Nudge Unit-, que lleva operando desde el año 2010. Conoce bien la materia y ha contribuido enormemente a su implantación en instituciones de todo el planeta. Dos semanas más tarde de la publicación de su texto, un grupo de 40 psicólogos envío una carta a la Comisión de Administración Pública y Asuntos Constitucionales del parlamento denunciando que el gobierno y la Nudge Unit se habían extralimitado difundiendo el miedo durante la pandemia. La expresión de su malestar se ha trasladado tanto a la prensa como a una parte de la sociedad.

El artículo de Ruda comienza subrayando que él, por supuesto, defiende que la ciencia del comportamiento se aplique a las políticas públicas, pero que los recientes acontecimientos, relacionados con la respuesta que el Reino Unido y otros países han ofrecido a la pandemia, le han hecho reconsiderar “las vulnerabilidades de los regímenes democráticos bienintencionados”, así como el potencial de la disciplina para ser usada inapropiadamente.

Teniendo en cuenta la veloz expansión de la ciencia del comportamiento, se trata de una advertencia que merece ser tenida en cuenta. La Nudge Unit fue el primer equipo gubernamental dedicado a aplicar sus descubrimientos en el ámbito de las políticas públicas, pero el año pasado se contabilizaron ya más de 400 iniciativas semejantes en todo el planeta.  

Ruda destaca que en la trayectoria de su equipo hay “numerosos ejemplos de éxito” e insiste en que la disciplina tiene mucho que aportar todavía. No obstante, clama a favor de que se recurra a ella con la cautela que requiere. Es preciso “reconocer qué puedes medir y qué no, y contemplar la posibilidad de consecuencias inintencionadas”.

El científico indica que, por ejemplo, poner a prueba estrategias para que los padres se involucren en la vida escolar de sus hijos es una magnífica idea, pero “invocar diferentes emociones para convencer a la gente de que permanezca en casa durante la pandemia es menos apropiado”. Lo que Ruda teme es que no se puedan medir correctamente los efectos negativos de las campañas basadas en el miedo. Aunque cumplan su objetivo de desincentivar la vida social, mensajes como “Si sales de casa, la gente morirá” pueden provocar más ansiedad y angustia de las esperadas inicialmente, intensificando la fatiga pandémica y perjudicando, notablemente, la vida de las personas. Además, pueden motivar la desconfianza en las instituciones.

Ruda aclara explícitamente que no sería justo culpar a los científicos del comportamiento por “propagar el miedo” durante la pandemia, ya que considera que los principales errores corresponden al gobierno y a los medios de comunicación. Insiste, sin embargo, en que es necesario que discutamos acerca de dónde trazar la línea entre incentivar los comportamientos responsables con campañas basadas en la evidencia empírica y recurrir a la propaganda emocional para dirigir los comportamientos de la gente.

La publicación de su artículo ha provocado un acalorado debate en la propia página web en la que fue publicado, pero lo que ha desatado el escándalo en los medios de comunicación fue la carta de los psicólogos. Los 40 profesionales de la salud mental acusaron a la Nudge Unit y al gobierno británico de extender el miedo y la vergüenza empleando estrategias inmorales propias de regímenes totalitarios como China, un país “en el que el estado inflige dolor a un subconjunto de la población con el objetivo de eliminar las creencias y los comportamientos que se perciben como desviados”. Tanto la carta como la cobertura mediática no escatima en hipérboles y lenguaje amarillista.

Por lo que a mí respecta, tengo la certeza de que, al aplicar las enseñanzas de la ciencia del comportamiento durante la pandemia, se han cometido errores que deben ser enmendados, pero también creo que se está exacerbando el problema. Se está combatiendo el pánico motivado por los abusos del gobierno con un miedo diferente, en gran medida infundado: el miedo a la ciencia del comportamiento. Al hacerlo, se pierde de vista un asunto fundamental: el contexto en el que nos movemos influye, siempre y necesariamente, en lo que hacemos y dejamos de hacer. El gobierno no puede decidir no influenciar a la ciudadanía (y menos en una situación de crisis social) porque está constantemente actuado sobre el contexto, llevando a cabo políticas materiales (ampliando el número de zonas verdes, cerrando hospitales, derogando reformas laborales…) y realizando discursos que impactan en nuestros anhelos y preocupaciones. La neutralidad con respecto a la influencia no es posible para nadie que viva en sociedad, pero mucho menos para las instituciones con las que todos estamos en contacto, directa o indirectamente, cada día. La pregunta es, por tanto, qué deben hacer los gobiernos para llevar a cabo aquellas acciones que favorezcan la libertad de los ciudadanos e iluminen las mejores alternativas a su alcance. La ciencia del comportamiento puede, con precaución y humildad, ofrecer respuestas satisfactorias a esta cuestión.

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