Zelenski y Putin se enfrentan desde las orillas de dos siglos diferentes. El presidente de Ucrania es un líder del siglo XXI que entiende el papel que los medios de comunicación desempeñan en la propaganda bélica. No sólo desborda carisma en cada una de sus intervenciones, sino que, además, maneja las herramientas narrativas con la precisión de un guionista de Hollywood. Sus palabras suscitan el interés y la empatía del mundo entero. Putin, en cambio, es un espía ruso del siglo pasado, incapaz de lidiar con la complejidad informativa de nuestro tiempo. Sabe que los medios de comunicación son una herramienta fundamental de influencia, pero es incapaz de emplearlos a su favor.

Zelenski comenzó a ganar la batalla del relato el día en el que los EE. UU. le propusieron abandonar el país. En ese momento, el presidente ucraniano ofreció una respuesta que ya forma parte de la Historia: “The fight is here. I need ammunition, not a ride”. Es posible que, como advierte el Washington Post, Zelenski no pronunciara exactamente estas palabras, pero eso es lo de menos, porque, en cualquier caso, las encarnó con su actitud.

La frase de Zelenski es relevante por, al menos, dos razones. En primer lugar, la sentencia remite al primer gran punto de inflexión del conflicto. Si el presidente hubiera optado por abandonar el país, ahora mismo se estaría negociando la rendición de Ucrania. Al expresar su voluntad de permanecer sobre el terreno, obligó a la comunidad internacional a reaccionar frente al ataque. Desde ese momento, se puede negociar la paz, pero no la rendición. Es posible que, al final, las consecuencias sean exactamente las mismas, pero, simbólicamente, Zelenski habrá preservado la dignidad de su pueblo, que habrá resistido y contribuido a frenar los anhelos expansionistas del presidente ruso.

En segundo lugar, la frase (real o apócrifa) de Zelenski parece un extracto de una película de acción de los 90. Es una línea que podrían haber pronunciado Charles Bronson o Sylvester Stallone. Las palabras contribuyen a caracterizarlo como un tipo que está dispuesto a luchar hasta el final. Eso es algo que lo blinda simbólicamente. Mientras siga vivo, será un héroe, y, si lo matan, se convertirá en un mártir. El ejército ruso puede asesinarlo, pero, ni siquiera así, puede acabar con él.

Algo análogo se puede decir del ejército y de la ciudadanía de Ucrania. Durante las últimas semanas, han comunicado su situación a través de las redes sociales, consiguiendo la empatía inmediata de todos los espectadores. Empatizamos con el soldado que bailaba sobre el campo de batalla para que su hija no se preocupara por él, pero también con la Sinfónica de Kiev, que interpretó el himno de la Unión Europeo en la plaza Maidán, consciente de que la música es el lenguaje internacional de la emoción. Nada semejante se está difundiendo desde los medios de comunicación prorrusos.

Así, cabe pensar que la Historia no la va a escribir el ejército vencedor. Ucrania ganará la batalla del relato y escribirá, de ese modo, tanto su Historia como una parte de la nuestra, como prueba el acercamiento inédito entre los EE. UU. y el gobierno de Venezuela que hace un par de semanas era absolutamente impensable.

Los ucranianos están haciendo cierto el tópico de que la pluma es más poderosa que la espada.

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