En el cuento “Tres versiones de Judas”, Borges narra la vida apócrifa de Niels Runeberg, un teólogo sueco que, a comienzos del siglo pasado, reivindicó la traición del apóstol y su papel clave en el mito fundacional del cristianismo. En su libro Kristus och Judas, el intelectual ficticio defiende que “la traición de Judas no fue casual; fue un hecho prefijado que tiene su lugar misterioso en la economía de la redención”. Más adelante, añade: 

“El Verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, de la eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y a la carne; para corresponder a tal sacrificio, era necesario que un hombre, en representación de todos los hombres, hiciera un sacrificio condigno. Judas Iscariote fue ese hombre. Judas, único entre los apóstoles, intuyó la secreta divinidad y el terrible propósito de Jesús”. 

Años más tarde, Runeberg radicalizó todavía más sus inteligentes blasfemias. 

“Dios totalmente se hizo hombre hasta la infamia, hombre hasta la reprobación y el abismo. Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la historia; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús; eligió un ínfimo destino: fue Judas”.

Si, a diferencia de sus contemporáneos, hacemos caso a Runeberg, debemos aceptar que la traición no es una mera falta moral, sino que, en ocasiones, puede ser un camino tortuoso hacia la redención. No se trata de una tesis extravagante, pero sí difícil de digerir.  

El pasado 11 de noviembre, Odón Elorza traicionó la disciplina de voto de su partido. Podemos, el PSOE y el PP habían pactado apoyar la elección de Enrique Arnaldo como miembro del Tribunal Constitucional, pero el diputado socialista optó por votar en contra. No fue el único insubordinado, pero sí el más ruidoso. Poco después de la votación, anunció su “No” en redes sociales diciendo que actuaba “en defensa del prestigio y la dignidad de las instituciones, del Tribunal Constitucional y del Congreso”. 

Cabe pensar que al PSOE no le pareció bien el comportamiento de Odón Elorza y, no obstante, tiene buenas razones para agradecer su exquisita desobediencia. Al traicionar la disciplina de voto, el diputado mandó un mensaje de esperanza a los votantes socialistas que -nótese la ironía- se sintieron traicionados por el gobierno de Pedro Sánchez. Su “No” a Enrique Arnaldo fue un “Sí” al PSOE que no está dispuesto a plegarse a las crudas exigencias de la política institucional. 

El caso de Íñigo Errejón es otro claro ejemplo de que traicionar a tu partido puede ser la mejor manera de apuntalar un proyecto político. Errejón traicionó la confianza de Pablo Iglesias enfrentándose a él con el objetivo de imponer sus tesis moderadas en Podemos. Él perdió, pero sus ideas ganaron, como demuestra que, finalmente, la formación morada pactó un gobierno de coalición con el PSOE. Podemos transitó del sorpasso y la confrontación al acuerdo y la institucionalidad. 

Algo análogo sucede ahora con Ayuso y Casado. La rebeldía de la presidenta madrileña es una oportunidad para el presidente del PP. Ayuso no puede dar el salto a la política estatal porque lleva años defendiendo un proyecto regionalista enfrentado al resto de España. No obstante, Casado podría adoptar su estrategia de batalla cultural y desarrollarla con éxito en el conjunto del estado. En Podemos, perdió Errejón y ganó el errejonismo. En el PP nacional, quizá pierda Ayuso y gane el ayusismo.   

El caso de Pedro Sánchez es más controvertido, pero también muy interesante. Dentro del Partido Socialista, muchos militantes consideran todavía que su decisión de no acatar la decisión del Comité Federal de abstenerse en la investidura de Mariano Rajoy fue una traición. En cualquier caso, lo cierto es que Sánchez se enfrentó al aparato de su partido y a gran parte de sus dirigentes históricos, imponiendo sus tesis primero y ganando las elecciones primarias y generales después. Su “traición” devolvió la vitalidad a un PSOE que, tras el embate de Podemos, tardó años en recuperar el aliento. 

Odón Elorza, Íñigo Errejón, Isabel Díaz Ayuso y Pedro Sánchez son versiones de Judas. Todos ellos traicionaron a los suyos para salvarlos, con un éxito notable. Cabe defender, por tanto, que Runeberg -el intelectual blasfemo que sólo existió en la mente preclara del más genial de los argentinos- tenía razón. La escalera que conduce al cielo -también al cielo institucional- está jalonada de traiciones. 

Judas -y no Jesús- es el auténtico redentor. 

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