Los articulistas perezosos solemos citar el inicio de Ana Karenina porque para citar cualquier otro pasaje de la obra de Tolstoi primero hay que leérsela. Permítanme, por esa razón, que incurra otra vez en el mismo tópico. “Todas las familias felices se parecen, pero cada familia infeliz lo es a su manera”. Las palabras del novelista ruso alumbran una verdad importante que atañe a nuestra convivencia privada, pero también a nuestra vida en común. La alegría de las victorias políticas se asemeja siempre, pero los padecimientos de sus protagonistas difieren de manera notable. 

Podemos y Ciudadanos compartieron un mismo alborozo a mediados de la década pasada. Irrumpieron en el panorama político del Estado con la firme voluntad de asaltar las instituciones, y en no pocos casos lo consiguieron. No sólo interpretaron correctamente el momento de desencanto social que atravesaba nuestro país, sino que además fueron capaces de sacar rédito político de él, algo que los partidos tradicionales no supieron hacer. Ambas formaciones llevaron a cabo campañas que recogían el malestar ciudadano expresado en las plazas y lo arrojaban contra los representantes institucionales. Podemos enfrentó a la “gente común” contra la “casta” y Ciudadanos a los españoles que no eran “ni rojos ni azules” contra la clase política que les había dado la espalda a sus preocupaciones cotidianas.

Las estrategias de los nuevos partidos surtieron efecto al principio. El partido de Iglesias llegó a plantear la posibilidad del sorpasso al PSOE y los de Rivera soñaron con arrebatar el centro derecha al Partido Popular. No obstante, las profecías más optimistas no llegaron a cumplirse. Podemos se tuvo que “conformar” con unos cuantos ministerios y una vicepresidencia en el primer gobierno de coalición de nuestra democracia y Ciudadanos implosionó por su torpe empeño de disputar, además del terreno del centro derecha, el espacio de la extrema derecha -casi tres años después sigue posando con cara de circunstancias para la foto de Colón-. 

El declinar de ambos partidos difiere, así, enormemente. Podemos se muere de éxito mientras que Ciudadanos se ahoga en su propia soberbia. Los tímidos intentos de Inés Arrimadas de reconducir el partido naranja hacia los cauces de la socialdemocracia liberal son una clara señal de que en lo que queda de la formación se comprenden los errores cometidos, pero, a estas alturas, ya es demasiado tarde para enmendarlos.

La desaparición de Podemos tampoco admite vuelta atrás. Después de la salida de Pablo Iglesias del Gobierno (calcinado por culpa de la exposición mediática), Yolanda Díaz asumió el liderazgo de su espacio político, pero no de su partido, cuya secretaria general es Ione Belarra. La ministra de Trabajo y Economía Social ha decidido optar por una plataforma (todavía en proyección) que desborde los partidos y permita acoger diferentes sensibilidades progresistas, como ya hicieron en su día las mareas locales o Ahora Madrid. Así las cosas, cabe considerar que el pacto de la reforma laboral con la patronal y los sindicatos no es, en ningún caso, un logro de Podemos, sino de Díaz o, si se quiere, de Díaz y Calviño. El acuerdo es, en cualquier caso, un clavo más en el ataúd de la formación morada porque demuestra que la candidata de su espacio político no necesita al partido para brillar.

Podemos se enfrenta, de este modo, a su desaparición, pero su espacio político puede sobrevivir e incluso revitalizarse si, como el barco de Teseo, se somete al enésimo recambio de piezas. No obstante, para lograrlo debe afrontar unos cuantos retos complicados. Sus mayores desafíos serán tres:

En primer lugar, la plataforma de Díaz debe recomponer el tejido social que hace años respaldó el proyecto de Podemos y de sus satélites locales y autonómicos. No será sencillo porque las decepciones que inevitablemente acarrea la actividad institucional han minado la confianza de mucha gente. Sin embargo, se trata de una tarea ineludible si se pretende afrontar el reto de plantar cara al PSOE en las próximas elecciones generales.

En segundo lugar, Díaz y su equipo tendrán que sentarse a negociar con los referentes situados a la izquierda del PSOE (comunistas, populistas, anticapitalistas…) para sumar cuadros y confeccionar candidaturas. El asunto será, en el mejor de los casos, una pesadilla, pero no hay otro camino si se pretende aunar sensibilidades y no dejar a nadie fuera.

Por último, Díaz tendrá que armar un partido político. Es posible que no le guste la idea, pero eso es lo de menos, porque antes que buenos o malos, los partidos políticos son inevitables. La toma de decisiones constante fuerza a las organizaciones a adoptar estructuras verticales bien engrasadas. Ni la mejor de las voluntades puede doblegar esta ley de hierro.

Si la plataforma de la actual vicepresidenta supera estos retos (algo que hará), Podemos desaparecerá de facto más pronto que tarde. Puede que continúe existiendo nominalmente y que incluso esté en condiciones de negociar puestos de salida en las listas electorales, pero su capacidad de acción quedará subsumida en la del nuevo partido político. Con el ocaso de Podemos, las dos grandes formaciones nacidas al calor del 15-M llegarán a su fin. Es ley de vida: naces, tratas de impugnar el sistema y, finalmente, el sistema te devora inmisericordemente. También le pasará a la plataforma de Díaz en el futuro, pero esa es una historia para un artículo de dentro de cinco o diez años.

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