La guerra en Ucrania puede quebrar la endeble estabilidad del gobierno español. El pasado miércoles 2 de marzo, Pedro Sánchez anunció que España enviaría armas a la resistencia ucraniana, contrariando así a Unidas Podemos, que considera que la medida puede contribuir a la escalada violenta. A medida que la guerra avance y que España adopte nuevas medidas, en consonancia con el resto de la Unión Europea y de la OTAN, cabe esperar que la tensión entre los socios de la coalición se intensifique.

Lo cierto es que la estrategia de Unidas Podemos de no oponer resistencia armada abocaría a Ucrania a una rendición inmediata, por lo que es, en el mejor de los casos, incomprensible.

Ahora mismo, cabe anticipar tres escenarios:

En primer lugar, Ucrania perderá la batalla contra Rusia. Quizá se convierta en un importante quebradero de cabeza para los invasores, que aspiraban a una victoria relámpago, pero de ninguna manera podrá resistir el embate eternamente.

En segundo lugar, la OTAN no intervendrá sobre el terreno. Los países miembros enviarán recursos militares a Ucrania e intensificarán las sanciones económicas y políticas, pero no desplegarán sus fuerzas en el país para evitar el recrudecimiento del conflicto.

En tercer lugar, Ucrania disputará una salida diplomática. No obstante, para alcanzarla, primero debe conseguir que Rusia permanezca sentada en la mesa negociadora.

El último punto es crucial. Para que Putin negocie, la guerra tiene que suponerle algún tipo de coste. En los términos políticos y económicos, ya le está pasando factura. El conflicto de Ucrania ha cohesionado al bloque occidental de una manera inédita. Días después de que se produjera la invasión, Suecia y Finlandia tantearon la posibilidad de incorporarse a la OTAN y Suiza optó por congelar los fondos de los oligarcas rusos. Además, la guerra está desgastando a Putin dentro de sus propias fronteras, tanto entre los ciudadanos, que protestan en las calles, como entre las grandes fortunas, que solicitan el alto al fuego para detener la sangría económica.

No obstante, es preciso que Ucrania resista también sobre el terreno, ya que, en cuanto pierda la guerra, Rusia no tendrá ninguna razón para negociar. Oponerse a enviar armas a Ucrania es tanto como negarle la salida diplomática a un país que ha sido invadido para satisfacer las ansias de poder de un sátrapa. Defender a Ucrania ahora es defender la democracia occidental de las ambiciones de los totalitarismos.

La situación no es, por supuesto, sencilla. Mandar armas entraña riesgos nada desdeñables, en primer lugar, para la población local que las empuñará y, en segundo lugar, para el conjunto del continente. El drama no se le escapa a nadie. Si se prolonga el enfrentamiento, aumentan las probabilidades de que mueran un mayor número de civiles. La perspectiva es funesta, pero la alternativa es todavía peor. Si los ucranianos quieren defender a su país, no les queda más remedio que comprar su silla en la mesa negociadora batallando en las calles. La guerra, nos decía Clausewitz, es la continuación de la política por otros medios. En un contexto bélico, la diplomacia es la continuación de la guerra con traje y corbata. Si pretendemos que Ucrania y Europa negocien la paz con Rusia, debemos asumir que, en las actuales circunstancias, la guerra no es una posibilidad que se pueda negar con las pancartas que llevamos a las manifestaciones, sino una realidad a la que hay que enfrentarse con las armas en las manos.

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