El llanto es una expresión de dolor, pero también de humanidad. Nos desnuda delante de nosotros mismos y del resto del mundo, y nos recuerda que, antes que ninguna otra cosa, somos animales trágicos. Solón de Atenas lo sabía. Por ese motivo, cuando un pedante le preguntó por qué lloraba la muerte de su hijo, si no servía de nada, le respondió que por eso mismo, porque no servía de nada. El llanto es el reconocimiento íntimo de una derrota inevitable.

Los días 22 y 23 de febrero, Pablo Montesinos lloró delante de los medios de comunicación. Lo hizo, precisamente, porque tenía la certeza de que no servía de nada. Se había embarcado en un proyecto político que había naufragado. Muchos de sus compañeros optaron por lanzarse a las barcas salvavidas al grito de “¡Tonto el último!”, pero él decidió hundirse con el barco y con su torpe (excepcionalmente torpe) capitán.  

La historia la conoce todo el mundo. Pablo Casado y Teodoro García Egea alimentaron la sospecha de que Isabel Díaz Ayuso había beneficiado a su hermano y a un buen amigo concediéndoles un contrato público por la vía de urgencia. La acusación no era nueva. Una diputada del Partido Socialista fue expulsada de la Asamblea de Madrid por formular la misma denuncia. No obstante, era la primera vez que la cúpula del Partido Popular atacaba a su principal activo político con tantísima contundencia. Hasta entonces, la guerra abierta entre Génova y Sol había transcurrido detrás de las bambalinas.

A partir de ese momento, comenzaron las deserciones. Decenas de cargos que habían manifestado públicamente su apoyo a Pablo Casado, decidieron alinearse con Ayuso y con el conjunto de los barones territoriales.

A las traiciones, siguió la humillación. No bastaba con quitar de en medio a Pablo Casado. Era preciso arrastrarlo por el fango para que nadie volviera a cometer el pecado de señalar las miserias de un compañero de partido.

Pablo Casado actúo, sin ninguna duda, con muchísima torpeza y grandes dosis de ingenuidad, algo que la política nunca perdona. Formuló su acusación sin apenas pruebas y Ayuso aprovechó la ocasión para victimizarse con notable éxito de crítica y público. Al menos, entre sus simpatizantes.

Así las cosas, sus compañeros de partido interpretaron que Casado había cometido un error nefasto. Nada importaba si las acusaciones tenían fundamento. ¡Claro que lo tenían, pero eso ya lo sabíamos desde hacía meses! Lo preocupante para los populares era que su presidente estaba dispuesto a dinamitar su principal activo político con tal de asegurarse de que nadie le movía la silla.

No obstante, las equivocaciones cometidas por Casado no justifican, en ningún caso, las deslealtades de su círculo íntimo. La lealtad consiste en hacer propios los errores y fracasos ajenos. Apoyar a los tuyos sólo en los triunfos no se llama lealtad. Tiene otro nombre, mucho menos elegante, que no es preciso reproducir aquí.

La deslealtad, en un contexto como el presente, debería preocuparnos a todos con independencia de la filiación política, porque trasciende el ámbito de la vida privada. El Partido Popular es uno de los grandes partidos de la democracia española. Gobernará cuando se lo gané y será justo que así sea. No obstante, ¿cómo confiar en que sus políticos serán leales a la ciudadanía, pondrán la cara y el cuerpo por nosotros, cuando ni siquiera son capaces de defender a los suyos? Almeida contó con el apoyo de Casado, pero no dudó en abandonarlo en su hora de mayor necesidad, únicamente por decir algo que, en estos precisos instantes, está investigando la fiscalía. Por esa razón, me parece tan hermosa y relevante la estampa de Pablo Montesinos quebrándose y llorando ante la derrota de Pablo Casado, que fue su valedor. Su actitud denota humanidad y compromiso, no sólo en las victorias, sino sobre todo en las derrotas, tal y como corresponde a las personas íntegras. Yo no quiero políticos “que vengan llorados de casa”. Quiero servidores públicos que lloren con el resto de nosotros, algo que sólo pueden hacer quienes, además, lloran a los suyos cuando ya no sirve de nada.

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